Una ciudad a punto de estallar, dos cuerpos sin nombre y una verdad que nadie quiere escuchar

Nel Masa – Jardín de cenizas

Hay primeras novelas que suenan a tanteo y otras que entran como un golpe seco. Jardín de cenizas, de Nel Masa, pertenece a este segundo grupo. Desde sus primeras páginas deja claro que no busca agradar ni contemporizar: propone una inmersión oscura en una Barcelona convulsa, herida, donde la violencia no es un accidente, sino un síntoma de época.

Nel Masa llega a la literatura desde caminos poco habituales. Formación humanística, cocina, mecánica de motocicletas. Oficios manuales, precisos, ligados al hacer antes que al discurso. Esa mezcla se nota en la novela: hay una escritura robusta, física, muy atenta al detalle material, al cuerpo, a los gestos, a los espacios. Nada parece puesto al azar. Cada escena funciona como una pieza mecánica que encaja con la siguiente.

Ambientada en la Barcelona de principios del siglo XX, Jardín de cenizas arranca con una imagen brutal: dos jóvenes asesinadas en plena plaza Cataluña. A partir de ahí, Nel Masa construye un relato que combina la investigación policial con un retrato social áspero, donde la ciudad aparece como un organismo enfermo, a punto de estallar. No es solo un crimen lo que se investiga, sino una ciudad al límite: miseria, tensiones de clase, miedo, rabia acumulada.

El protagonista, Pol Dorcas, se mueve entre dos mundos: la burguesía que lo vio nacer y la calle que eligió habitar. Esa doble pertenencia no es anecdótica, sino uno de los ejes morales de la novela. Dorcas observa, deduce y actúa desde un lugar incómodo, consciente de que la verdad no siempre interesa al poder. La investigación avanza al ritmo de la intuición, la experiencia y una inteligencia que no presume, pero que ve lo que otros prefieren no mirar.

La prosa de Nel Masa es detallista y exigente. No corre. Se detiene en los procedimientos, en los diálogos, en las sensaciones físicas. Hay una clara voluntad de verosimilitud histórica y un respeto evidente por el oficio narrativo. No es casual que el empujón definitivo para escribir la novela llegara tras formarse en el curso El oficio de escribir de Penguin Random House: aquí hay trabajo, disciplina y conciencia de forma.

Pero Jardín de cenizas no es solo una novela negra histórica. Es, sobre todo, una reflexión sobre la violencia estructural, sobre cómo determinadas vidas pueden ser borradas sin consecuencias y sobre quién decide qué merece justicia y qué no. Las cenizas del título no son solo restos: son memoria, son lo que queda cuando todo ha ardido y aún duele.

Como debut, la novela no se queda en la promesa. Es ambiciosa, sólida y valiente. Nel Masa no escribe para pasar página rápido, sino para dejar poso. Jardín de cenizas se lee con atención, porque incomoda, y porque obliga a mirar de frente un pasado que, en muchos aspectos, no está tan lejos como creemos.

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