Hay novelas que se dejan leer y otras que te obligan a posicionarte. El prisma del fuego, de David Soley, pertenece sin rodeos a la segunda categoría. No es un texto complaciente ni lineal: es una obra que interpela, fragmenta y devuelve al lector su propio reflejo. Soley no escribe para acompañar; escribe para activar.
La propuesta es clara desde el planteamiento formal. El prisma del fuego es una novela reversible, un libro-espejo que puede leerse desde dos voces —Dani o Albanta— y en distintos órdenes, incluso entrelazando capítulos. No se trata de un simple juego estructural. La historia es la misma, pero la experiencia cambia según quién mira. Los escenarios se repiten; las emociones no. Ahí reside la potencia del libro: en demostrar que la verdad narrativa siempre es subjetiva.
Soley reconoce que desde el inicio supo que la historia pedía romper la lectura tradicional. La carga emocional y poética exigía dos miradas, dos formas de habitar el mismo relato. El verdadero reto fue mantener intacto ese espejo sin romperlo, sosteniendo una arquitectura milimétrica donde cada capítulo tiene su reflejo exacto al otro lado. El resultado es una novela que puede leerse de tres formas distintas y que invita, casi exige, la relectura.
La voz del autor no nace de la prosa clásica. Viene del rap, de la poesía oral, del escenario. Eso se nota en el ritmo, en el peso del silencio y en la importancia del cuerpo. En El prisma del fuego la poesía no adorna: estructura. Hay cartas, versos y pistas que funcionan como capas de sentido. La metaliteratura no es un guiño intelectual, sino una herramienta narrativa: la propia literatura ayuda a resolver el misterio final. Leer deprisa es perderse cosas.
El barrio de Bon Pastor atraviesa la novela como una huella viva. No aparece como decorado ni como nostalgia impostada. Es raíz, identidad y memoria obrera. Soley escribe desde un lugar colectivo: la resistencia vecinal, el “hacer piña”, la lucha por ser escuchados. El barrio no se menciona; se siente. Y esa mirada comunitaria impregna toda la obra.
La novela emociona, pero también incomoda. Soley no elige entre ambas cosas porque entiende que la emoción verdadera no nace de la comodidad. Innovar implica riesgo, y el autor lo asume sin concesiones. Sabe que saldrá de su zona habitual y que no gustará a todo el mundo, pero apuesta por una literatura que no se repite ni se domestica.
Más que un gesto político explícito, El prisma del fuego funciona como una defensa: de la experimentación, de la literatura como acto vivo y de la creación que dialoga con su entorno. La trayectoria de Soley —premios en la Xarxa Poètica y los Jocs Florals, versos pintados en muros del barrio, colaboración con entidades culturales— refuerza esa idea de la escritura como algo que circula, se comparte y deja rastro, incluso cuando es borrada.
Soley no concibe la literatura como un objeto cerrado. La entiende como red, como impulso y como continuidad. Este experimento narrativo no parece una excepción, sino una puerta abierta. Tiene hambre, ideas y voluntad de seguir explorando. Y eso se nota.
El prisma del fuego no es una novela para pasar el rato. Es una obra que exige atención, implicación y valentía lectora. Y precisamente por eso, merece ser leída.
