• En «Vacaciones al infierno. Madeleine McCann: La historia no contada», profundizas en una de las desapariciones más mediáticas de las últimas décadas. ¿Qué te motivó a centrarte en este caso y qué crees que aporta tu perspectiva forense que otros análisis han pasado por alto?
El caso de Madeleine McCann me atrajo desde el principio no solo por su impacto mediático, sino porque al analizarlo con la mirada forense, descubrí que la versión oficial estaba llena de lagunas, contradicciones y silencios deliberados. A lo largo de mi carrera, he visto cómo la verdad puede ser manipulada cuando hay intereses de por medio, pero en este caso, la magnitud del control sobre la narrativa es lo que lo hace excepcional.
Mi enfoque forense aporta algo que otros análisis han pasado por alto: la evidencia objetiva, libre de interpretaciones mediáticas y sin la presión de lo políticamente correcto. No me interesa repetir lo que ya se ha dicho, sino examinar lo que se ha ignorado, minimizado o descartado. Desde las incoherencias en las declaraciones de los testigos clave hasta las pruebas forenses que nunca se investigaron con el rigor que merecían, este caso es un rompecabezas en el que muchas piezas han sido eliminadas intencionadamente.
Lo que busco con este libro es reconstruir los hechos de manera imparcial y rigurosa, sin filtros ni narrativas impuestas. Porque cuando observas lo que realmente ocurrió, cuando analizas los informes sin el ruido mediático, la historia que emerge es muy distinta de la que nos han contado.
• Tu libro aborda la influencia de los medios en la investigación del caso Madeleine McCann. ¿Hasta qué punto crees que el espectáculo mediático afecta a la búsqueda de justicia en casos de esta magnitud?
El espectáculo mediático en el caso de Madeleine McCann no solo afectó la percepción pública, sino que moldeó la propia investigación desde el primer momento. La cobertura no se centró en descubrir la verdad, sino en imponer una única narrativa: la del secuestro. Cualquier otra hipótesis fue descartada, ridiculizada o atacada sin siquiera ser explorada en profundidad.
Cuando los medios se convierten en jueces y fiscales, el proceso de búsqueda de justicia se contamina. La presión mediática puede influir en las decisiones de los investigadores, en la forma en que se presentan las pruebas e incluso en la disposición de los testigos a hablar. En este caso, hubo un esfuerzo activo por blindar a ciertos involucrados, por controlar el relato y por desacreditar cualquier línea de investigación que no encajara en la versión oficial.
He trabajado en casos donde la prensa juega un papel clave, pero en este, los medios no solo informaron, sino que dirigieron la investigación. Se impuso una historia antes de que las pruebas hablaran, y cuando la evidencia empezó a contradecir la versión oficial, en lugar de replantearse las conclusiones, se ignoraron las pruebas.
El problema de este tipo de manejo mediático es que, cuando la opinión pública acepta una verdad impuesta, cualquier intento de cuestionarla es visto como una provocación o una teoría conspirativa. Y eso es exactamente lo que ha pasado con este caso. La prensa ayudó a construir un muro alrededor de la historia del secuestro, un muro que, hasta hoy, ha impedido que muchas personas vean los hechos con una mirada objetiva.
Mi libro desmonta esa construcción mediática y devuelve el caso al terreno de la evidencia forense. Porque la justicia no debería depender de titulares, sino de lo que las pruebas realmente nos dicen.
• La narrativa de tu obra sugiere que las pruebas forenses muchas veces contradicen las primeras impresiones. Como experta en reconstrucción de escenas del crimen, ¿cómo gestionas los sesgos externos que pueden influir en tu trabajo?
Uno de los mayores retos en la investigación forense es mantener la objetividad en un entorno donde las emociones, los medios y las influencias externas pueden contaminar el análisis de los hechos. En el caso de Madeleine McCann, este desafío ha sido aún mayor, porque desde el primer momento se impuso una versión única y cualquier intento de cuestionarla fue tachado de insensible o conspiranoico.
Mi trabajo, sin embargo, no se basa en opiniones ni en emociones, sino en pruebas. Cuando reconstruyo una escena del crimen, no me interesa lo que la gente cree o espera, sino lo que la evidencia demuestra. Pero en casos como este, donde hay tanto control sobre la narrativa, el verdadero problema es que muchas de las pruebas más importantes nunca fueron analizadas con la profundidad que requerían.
Un ejemplo claro es el hallazgo de fluidos biológicos y la detección de los perros especializados en el apartamento y en el coche alquilado por los McCann. En cualquier otra investigación, estos indicios habrían sido claves, pero aquí se desacreditaron de inmediato, sin un análisis exhaustivo. Otro caso es el de las contradicciones en las declaraciones de los testigos más cercanos: en lugar de analizar por qué los horarios y los detalles cambiaban, se justificaron sin cuestionamiento.
Para evitar los sesgos en mi trabajo, aplico siempre la misma metodología: examinar las pruebas sin importar a quién incriminan o exculpan. No me guío por presiones externas, sino por hechos verificables. Y en este caso, cuando se eliminan las suposiciones y se mira únicamente la evidencia, queda claro que la historia oficial no se sostiene.
Lo que este libro hace es devolver el caso al terreno de la objetividad forense. No busca emocionar ni provocar, sino presentar los hechos tal como son. Porque cuando la verdad se filtra a través de los medios o de las emociones, lo primero que desaparece es la justicia.
• Además de Madeleine McCann, has investigado casos icónicos como los de la Princesa Diana o Paul Walker. ¿Qué diferencia este caso de los demás y por qué decidiste convertirlo en el eje de una obra literaria?
Cada caso en el que he trabajado tiene su propia complejidad, pero el de Madeleine McCann se diferencia de cualquier otro por el nivel de control que ha existido sobre la narrativa. He investigado desapariciones, homicidios y accidentes de alto perfil, como los casos de la Princesa Diana y Paul Walker, donde hubo muchas especulaciones y teorías, pero al menos existía cierto margen para el análisis forense serio.
En el caso de Madeleine, desde el primer momento se construyó un relato incuestionable. No se permitió explorar hipótesis alternativas, se blindó a ciertos involucrados y la presión mediática convirtió la versión oficial en un dogma. Esto no suele ocurrir en una investigación criminal normal.
Lo que hace este caso aún más preocupante es la interferencia política y diplomática, algo que no es común en desapariciones de menores. ¿Por qué hubo una reacción de alto nivel desde el gobierno británico en un caso que, en principio, debería haber sido tratado como cualquier otro? ¿Por qué se desacreditó a la policía portuguesa cuando intentó seguir líneas de investigación que no encajaban con la versión mediática? Estas son preguntas que en cualquier otro caso se habrían explorado, pero aquí fueron ignoradas.
Decidí centrarme en este caso en mi libro porque es un ejemplo claro de cómo la verdad puede ser moldeada por los medios y el poder. No es solo una desaparición, es un caso donde la narrativa pública ha sido manipulada hasta el punto de que muchas personas no se atreven ni a cuestionarla. Y cuando una historia es protegida con tanto celo, lo más lógico es preguntarse: ¿qué es lo que realmente no quieren que veamos?
Este libro es mi manera de analizar el caso sin interferencias, sin intereses políticos y sin el filtro de la prensa. Porque cuando se observan los hechos sin presiones externas, la historia cambia por completo.

• En un mundo donde las teorías conspirativas están a la orden del día, ¿cómo equilibras el rigor científico con las expectativas del público sobre investigaciones tan controvertidas?
El mayor reto es separar la evidencia real del ruido mediático y de las teorías sin fundamento. Vivimos en una época en la que las teorías conspirativas están en todas partes, y eso ha hecho que muchas personas descarten cualquier análisis serio solo porque contradice la versión oficial.
El problema es que se ha generado una falsa dicotomía: o crees en la versión oficial sin cuestionarla o caes en el terreno de la conspiración. Y eso es una trampa. Cuestionar los hechos no es conspiración, es un principio básico de cualquier investigación forense.
Mi enfoque es simple: basarme exclusivamente en pruebas verificables. No me interesa la especulación, no busco dramatizar ni alimentar ideas sin base. Todo lo que expongo en el libro está respaldado por documentos oficiales, informes periciales y análisis rigurosos. Si las pruebas contradicen la versión oficial, no es porque yo quiera, es porque los hechos lo demuestran.
El gran problema de este caso es que se ha utilizado la existencia de teorías extremas para desacreditar cualquier intento de investigación objetiva. Cualquier análisis forense serio que cuestione la historia impuesta es automáticamente etiquetado como «conspiración». ¿Desde cuándo investigar contradicciones, examinar pruebas o analizar testimonios se considera conspiración?
Este libro no busca teorizar, sino devolver la investigación al terreno de la ciencia y la lógica. No se trata de lo que la gente quiere creer, sino de lo que las pruebas realmente muestran. Y cuando se eliminan las narrativas impuestas y se analizan los hechos con frialdad forense, las respuestas empiezan a ser mucho más claras de lo que nos han hecho creer.
• Desde la perspectiva de una lectora y escritora, ¿qué autores o libros han influido en tu forma de construir relatos tan técnicos y, a la vez, accesibles para el público general?
Siempre he creído que el conocimiento técnico debe ser accesible, especialmente cuando se trata de temas tan delicados como este. No tiene sentido escribir un libro lleno de terminología forense si el lector no puede entenderlo o relacionarlo con la historia que se está contando. El reto es lograr que la información sea rigurosa sin que se convierta en un documento académico incomprensible.
Autores como Truman Capote en A sangre fría o Vincent Bugliosi en Helter Skelter han sido una gran influencia en mi forma de construir relatos. Me interesa esa capacidad de transformar hechos complejos en narrativas claras y poderosas sin perder precisión. También me han influenciado los libros de John Douglas sobre perfiles criminales, porque combinan ciencia con narrativa de una manera que permite al lector adentrarse en la investigación sin perder el rigor analítico.
Mi intención con Vacaciones al Infierno era similar: presentar un caso complejo desde la perspectiva forense sin que el lector se sienta abrumado por tecnicismos. Quería que cualquiera pudiera leer el libro, seguir el análisis y sacar sus propias conclusiones. Porque cuando una historia se cuenta bien, los hechos hablan por sí solos.
No se trata de simplificar la información, sino de estructurarla de manera que el lector pueda comprender la magnitud del caso sin necesidad de tener formación en criminología. Y, sobre todo, darle las herramientas para que piense y cuestione por sí mismo. Porque el problema con el caso de Madeleine McCann no es la falta de pruebas, es que nadie se ha detenido a analizarlas con la objetividad y el rigor que merecen.
• Tu trayectoria combina ciencia, docencia e investigación literaria. ¿Cómo logra Miryam Moya conciliar la objetividad forense con la subjetividad narrativa necesaria para llegar a los lectores?
Conciliar la objetividad forense con la subjetividad narrativa ha sido uno de los mayores retos en la escritura de Vacaciones al Infierno. Como investigadora, mi trabajo se basa en pruebas, hechos y datos verificables. No hay margen para suposiciones, emociones o interpretaciones personales en un análisis forense. Pero cuando escribes un libro, especialmente sobre un caso tan manipulado mediáticamente, es imprescindible encontrar una forma de conectar con el lector sin sacrificar el rigor.
Mi enfoque fue claro desde el principio: no transformar la historia en un relato sensacionalista ni caer en la frialdad de un informe pericial. El equilibrio consistió en estructurar el libro como una investigación, permitiendo que el lector siguiera el caso como si estuviera revisando las pruebas conmigo. No busco convencer, sino mostrar lo que los datos revelan y dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.
Para lograr esto, utilicé un enfoque que combina precisión técnica con claridad expositiva. Expliqué los procedimientos forenses de manera accesible, sin trivializar su importancia. No es un libro que se limite a exponer datos, sino que plantea preguntas clave y guía al lector a través de las inconsistencias del caso con la misma lógica que usaría en una investigación real.
El gran problema en este caso es que la verdad se ha distorsionado tanto que muchas personas no saben siquiera qué elementos son hechos comprobados y cuáles han sido manipulados por la narrativa mediática. Mi trabajo fue eliminar ese ruido y devolver la historia al terreno de la investigación objetiva, pero sin olvidar que para que el público realmente comprenda la magnitud del caso, es necesario presentar los hechos de forma estructurada y con un hilo narrativo claro.
La clave fue no escribir un libro basado en opiniones, sino en hechos. Porque cuando las pruebas hablan, la historia se cuenta sola.
• Finalmente, ¿qué esperas que los lectores de «Vacaciones al infierno» reflexionen después de adentrarse en esta historia? ¿Qué mensaje clave quieres transmitir con tu obra?
Lo que quiero que los lectores reflexionen después de leer Vacaciones al Infierno es cómo una historia puede ser manipulada hasta el punto de que la verdad quede completamente oculta. Este caso no es solo una desaparición, es un ejemplo claro de cómo la narrativa mediática puede influir en la justicia, moldear la opinión pública y enterrar preguntas incómodas.
No quiero que el lector termine este libro con una conclusión impuesta, sino con una mirada crítica. Que analice la información por sí mismo, que vea cómo ciertos elementos han sido minimizados, cómo se ha dirigido la conversación hacia una única hipótesis y cómo las pruebas que no encajaban fueron ignoradas. Quiero que se pregunte por qué.
El mensaje clave de este libro es que la verdad no es cuestión de creencias, sino de pruebas. Y que, cuando un caso es blindado con tanta fuerza contra cualquier cuestionamiento, la pregunta no debería ser «¿por qué dudamos?», sino «¿qué es lo que no quieren que veamos?»
Después de leer este libro, no importa si el lector estaba convencido de la versión oficial o si ya tenía dudas. Lo importante es que ahora tendrá acceso a los hechos sin el filtro mediático. Y una vez que se ven las pruebas con objetividad, la historia deja de ser un misterio sin resolver.